jueves, 24 de septiembre de 2009

Chávez. El pinocho de la democracia latinoamericana


Venezuela: ¿Qué es la democracia?

Adolfo Rivero Caro

La crisis venezolana es extremadamente paradójica. Tal parece como si el presidente Chávez fuera el defensor de la legalidad constitucional frente a una oposición golpista. Esto es absurdo. ¿Quién es el revolucionario? ¿Quién desprecia la legalidad “burguesa” y el estado de derecho “burgués”? ¿Quién cambió la constitución y ha querido revolucionar la institucionalidad venezolana? ¿Quién es el que admira a Fidel Castro, odia a Estados Unidos y quiere establecer estrechas relaciones con las dictaduras de Irak, Irán y Libia? Todo el mundo sabe que ese personaje es Chávez. El único peligro para la legalidad republicana en Venezuela es Chávez. Es cierto que Chávez fue democráticamente electo. Hitler también fue democráticamente electo en 1933. Castro era enormemente popular en 1959. Ambos eran enemigos del estado de derecho “burgués” y se aprovecharon del mismo para destruirlo.

Estos son los peligros de la democracia. La democracia puede utilizarse para tratar de destruir la libertad y, por lo tanto, para suicidarse. Los gobiernos populistas suelen pedir poderes extraordinarios para tratar de conseguir objetivos extraordinarios (acabar con la pobreza o con la desigualdad). Alegan que, en realidad, esos objetivos son fácilmente alcanzables y que el único obstáculo para conseguirlos está en una alianza de intereses creados que es necesario echar de lado (ver Conflicto de Visiones en la sección Síntesis de libros). Los poderes extraordinarios son necesarios para derrotar a esos intereses nocivos y reaccionarios. Una momentánea mayoría popular puede darle esos poderes a cualquier demagogo. Por supuesto, esos poderes extraordinarios nunca resultan suficientes puesto que esos intereses creados (la “oligarquía”) tienen cómplices internacionales (el “imperialismo”) que el gobierno no puede controlar, de aquí la necesidad de una infinita paciencia hasta el triunfo eventual de la “revolución mundial”. Los rusos estuvieron esperando 75 años. Los cubanos más de 40.

Es este temor a las mayorías momentáneas el que ha llevado a tratar de hacer muy difíciles ciertos cambios en las leyes fundamentales, en las constituciones. Infortunadamente, esas mayorías pueden imponer cambios constitucionales. Ahora bien, una vez que el pueblo renuncia a sus libertades en aras de algún objetivo extraordinario, ¿qué podrá hacer para reconquistarlas? En Venezuela todavía es posible dar la batalla porque el gobierno no ha logrado instaurar su dictadura, porque todavía existen partidos políticos, sindicatos y prensa libre. Eso fue lo que Castro consiguió y Chávez no ha logrado.

Pretender ignorar las lecciones de la historia sería suicida. Una vez que estos caudillos logran establecer su dictadura, resulta prácticamente imposible escapar de la misma. Que se lo digan al pueblo cubano que, sin ninguna vocación de rebaño, lleva más de 40 años sometido a una dictadura totalitaria. El pueblo venezolano ha demostrado una enorme combatividad pero Chávez está esperando la posibilidad de decretar algún tipo de estado de excepción que le permita instaurar su dictadura. Para esto cuenta con miles de agentes de cubanos en Venezuela que operan controlados desde la embajada de Castro en Caracas.

Si Chávez lo consigue, el pueblo venezolano no podrá escapar de la dictadura, como no lo ha podido hacer el pueblo cubano. No se puede permitir, bajo ningún pretexto, que Chávez se convierta en el Fidel Castro de Venezuela. La batalla hay que darla ahora. El futuro democrático de América Latina se está jugando en la patria de Bolívar.