jueves, 24 de abril de 2008

Los amigos de Lucía Morett y los buenos contactos en la UNAM


Las FARC A un grupo de secuestrados los tienen en jaulas, como a animales en un zoo.

“Estaban metidos en una especie de jaula, todos hacinados. No los dejaban salir mucho. Eran todos hombres. Hacían sus necesidades ahí dentro. Estaban en muy malas condiciones por el barro y la humedad”. Es el estremecedor testimonio de una enfermera que atendió a un grupo de secuestrados.
En San José del Guaviare todo el mundo parece saber dónde están los secuestrados de las FARC. Si uno les pone un mapa delante señalan un punto y trazan un círculo en medio del sur de la selva colombiana, por el curso del río Inírida, alrededor de un pequeño pueblo al que sólo se llega en avión o en barca a través del río, un pueblo que la guerra ha secado de habitantes: Tomachipán.

Resulta imposible comprobar si efectivamente el grupo de secuestrados más importante de las FARC, los llamados “secuestrados políticos canjeables”, los 54 que el grupo armado pretende intercambiar por guerrilleros presos, está ahí. El círculo que dibujan en el mapa es amplio y abarca uno de los territorios más inhóspitos de Colombia. Un lugar pobre donde la única riqueza es la coca. Allí no se paga con moneda, sino con gramos de pasta base.

El Guaviare tiene la extensión de Castilla La Mancha y Madrid juntas, pero menos de 100.000 habitantes, la mitad concentrados en San José. El resto es un conglomerado de campesinos y grupos indígenas como los Nukak, todos atrapados entre la guerrilla y el Ejército, y dispersos en miles de kilómetros de selva.

Pero lo cierto es que las últimas liberaciones se han producido en lugares próximos a Tomachipán y también es cierto que en la zona hay abundantes testimonios de habitantes que los han visto pasar. “Hace unos cuantas semanas llevaron allí a Ingrid Betancourt, estaba muy enferma“, dice uno de los vecinos, que tuvo que salir de Tomachipán cuando llegó el Ejército.

Una enfermera que trabajó en la zona y a la que ADN tuvo acceso a condición de que se guardara su identidad, asegura que la guerrilla le llevó varias veces a un lugar cercano para que atendiera a los secuestrados. “Estaban metidos en una especie de jaula, todos hacinados. Había varios guerrilleros que los vigilaban constantemente. Uno de ellos los vigilaba desde arriba, en una plataforma. No los dejaban salir mucho. Eran todos hombres. Hacían sus necesidades ahí dentro. Estaban en muy malas condiciones por el barro y la humedad. Tuve que atenderlos a casi todos. Algunos tenían malaria, otros leishmaniasis…”.