martes, 20 de mayo de 2008

Salinas, populista amnésico


Agencia Proceso

Distrito Federal— Como en sus mejores tiempos, con gran despliegue mediático, el ex presidente Carlos Salinas de Gortari reapareció en la vida pública para defender “el ánimo reformador” de Felipe Calderón y arremeter contra lo que él mismo personificó: el neoliberalismo y el populismo.

El ex mandatario pretendió dejar en el olvido el papel preponderante que jugó durante los ochenta en la liberalización de la economía de México y en el populismo de su Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), que encontró su máxima expresión en Chalco. Recurrió a la desmemoria y a una idea nada original, la de la década perdida, para criticar a sus primeros dos sucesores en la Presidencia de la República y al ex jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador.

La semana pasada, “el villano favorito”, como él mismo se definió cuando era objeto de acoso por parte del gobierno de Ernesto Zedillo, volvió a contar con los principales espacios en la prensa con entrevistas y reseñas a propósito de su libro “La década perdida”, el segundo que publica desde que salió de la Presidencia en 1994.

Su ofensiva contra Zedillo, Vicente Fox y López Obrador –“dos neoliberales y un populista”– contrastó con los elogios a Felipe Calderón, a quien le dio “todo el apoyo” por su “acción reformadora”. Hace dos décadas definió a su gobierno en esos términos: reformador y modernizador de la economía mexicana. Al igual que Calderón en 2006, Salinas asumió en 1988 la Presidencia en medio de una crisis de legitimidad.

Distrito Federal— En su nueva incursión en la vida pública, Salinas pretendió dejar en el olvido el uso populista que hizo de la pobreza, su intensa propaganda primermundista y la violencia política que marcó a su sexenio.

Los argumentos con los que ahora acomete contra Zedillo, Fox y López Obrador lo ponen a contracorriente de la historia, que registró a su administración como la que aceleró la transformación de una economía cerrada a una liberal.

Nada original, el título de La década perdida utiliza la misma frase que a comienzos de la década pasada acuñó la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) para referirse al estancamiento económico padecido por la región en los ochenta por las políticas económicas de choque impulsadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Privatizaciones—Antes de que llegara a la Presidencia, Salinas fue el principal encargado de instrumentar esas políticas en México. Durante el gobierno de Miguel de la Madrid, como titular de la desaparecida Secretaría de Programación y Presupuesto, entre 1982 y 1987, fue el gran impulsor de las primeras medidas de la liberalización de la economía mediante la privatización de empresas públicas y de la reducción arancelaria.
Durante su candidatura a la Presidencia se dedicó a promover lo que llamó “modernización de la economía”. Ya en el poder, sus reformas no fueron otra cosa que el aceleramiento de la desregulación y liberalización de la economía y el comercio.

Las reformas que impulsó se tradujeron en la privatización de más de mil empresas, la eliminación de licencias de importación, la puesta en marcha del acuerdo para la eliminación de aranceles con Estados Unidos y Canadá a 15 años y el establecimiento de los precios de bienes y servicios según las normas del mercado. Al mismo tiempo los salarios se comprimieron para mantener en orden la economía.

El gran apoyo a sus reformas y políticas económicas corrió por cuenta del sistema autoritario controlado por el PRI.

Salinas hizo de la privatización una fiesta para sus amigos. Fabricó millonarios a costa del patrimonio público. Les dejó los bancos, las siderúrgicas, minas de oro y plata, teléfonos, industrias de bienes y servicios. Así mismo, les vendió dos canales de la televisión pública, el 7 y el 13 que dieron origen a TV Azteca, –en una operación en la que participó su hermano Raúl– entre una muy larga lista de privatizaciones.

Pretendía crear una élite “competidora” a nivel mundial, pero lo que hizo fue concentrar la economía en unas cuantas manos. En 1987, cuando la revista Forbes comenzó a publicar la lista de los multimillonarios del mundo, un año antes del gobierno de Salinas, sólo figuraba la familia Garza Sada, de Monterrey. Al final del sexenio salinista, el número de mexicanos en esa minoría selecta se incrementó a 24.

En la primera mitad de su sexenio ya había vendido las empresas paraestatales más importantes: Telmex, a Carlos Slim; Minera Cananea, a Jorge Larrea; Aeroméxico, a Gerardo de Prevoisin; Mexicana, a Pablo Brener, Estructuras de Acero a Carlos Hank –quien fue uno de sus mentores políticos e integrante de su gabinete como secretario de Agricultura–; Grupo DINA a Raymundo Flores; la Unidad Industrial Torreón, a Grupo Peñoles, de Alberto Bailleres, dueño del Palacio de Hierro, y los bancos a un grupo selecto de amigos.

Muchas de esas ventas, en especial las bancarias, acabaron en quiebras que durante el gobierno de Zedillo fueron asumidas como deuda pública
mediante el Fondo Bancario para la Protección del Ahorro (Fobaproa).

Salinas dio los primeros pasos para la privatización de Pemex: reclasificó 15 productos petroquímicos que hasta agosto de 1989 formaban parte de los 36 primarios cuya elaboración estaba reservada para el Estado. Con esa reclasificación, cedió a los intereses privados casi las tres cuartas partes de la industria petroquímica.

Desde entonces, esos productos que se obtienen a partir del gas natural o del petróleo crudo fueron producidos por empresas nacionales y extranjeras. Además, Salinas incrementó el porcentaje permitido para las empresas extranjeras en la producción de petroquímicos secundarios. Al final de su sexenio, la petroquímica dejó de ser estratégica y reservada para el Estado mexicano.

Pero no fue todo, además abrió la puerta para la participación de hasta el 14% de Estados Unidos y Canadá en los bancos mexicanos hacia 2000. Zedillo terminó por abrir de par en par la puerta de los bancos y de extender a empresas europeas y asiáticas la generación de energía eléctrica.

Entreguismo rampante—En plena euforia negociadora del TLC, en la cúspide de su poder político y control social, en marzo de 1992 definió la guía de su gobierno: el liberalismo social. En su ánimo de trascender, aseguró que se trataba de “nuestra idea histórica de país”, que es muy ajena al “estatismo absorbente” y al “neoliberalismo posesivo”. De ahí su crítica a Zedillo, Fox y López Obrador.

El liberalismo económico de Salinas terminó de configurarse después de la aprobación del TLC, en noviembre de 1993. A la siguiente semana de haber sido sancionado favorablemente por el Congreso estadounidense, Salinas envió al Congreso mexicano una cascada de reformas que terminó por cambiar la vida económica y social de México.

Entre estas modificaciones se incluyó el establecimiento en territorio nacional de filiales de bancos foráneos o de cadenas hoteleras extranjeras con playas propias, la autorización a trasnacionales para usufructuar la zona fronteriza, la construcción de ductos para transportación de crudo y derivados por parte de empresas extranjeras o el establecimiento de escuelas, de todos los niveles, con capital 100% extranjero.

Las medidas neoliberales impulsadas por Salinas requirieron de paliativos neopopulistas, como concluyó en 1992 la entonces investigadora del Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California, en San Diego, Denise Dresser, actual profesora del ITAM y colaboradora de Proceso.

La investigación titulada Soluciones neopopulistas a problemas neoliberales fue una monografía crítica del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol).
“Pronasol se conduce directamente desde el bolsillo presidencial, sus beneficiarios son seleccionados con criterios personalistas y partidistas y, fundamentalmente, es inmune a cualquier medio democrático de control o responsabilidad”.

Al final, Pronasol acabó sepultado por esos vicios, el derroche, la corrupción, obras abandonadas, desvíos e impunidad

Descomposición— El sexenio salinista pasó también como uno de los de mayor violencia política y corrupción.

Con Salinas no sólo ocurrió el magnicidio nunca aclarado de Luis Donaldo Colosio Murrieta, sino el asesinato de su ex cuñado y secretario general del PRI, Francisco Ruiz Massieu, y del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en Guadalajara.

En su sexenio, 250 perredistas fueron asesinados y en 1994 se reiniciaron los secuestros a personajes prominentes, como el del banquero Alfredo Harp Helú. Las investigaciones, iniciadas por Salinas y continuadas por Zedillo, estuvieron más dirigidas a ocultar que a esclarecer.

Más todavía, Salinas dejó que estallara el conflicto armado en Chiapas a pesar de tener la información de los órganos de inteligencia civil y militar sobre las acciones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Con Salinas, el narcotráfico se enquistó en México; en particular se consolidó el cartel del Golfo, en Tamaulipas, donde los hermanos Salinas tenían intereses económicos. Fue tal el descontrol en seguridad y justicia que su gobierno ha sido el que más ocasiones (cinco) ha cambiado de procuradores, en un siglo de existencia de la Procuraduría General de la República.

Su hermano “incómodo”, Raúl, quedó atrapado por el asesinato de Ruiz Massieu y en los escándalos de enriquecimiento durante el sexenio de Salinas. Pasó 10 años acusado del homicidio. En junio de 2005 fue exonerado.

Identificado por la prensa estadounidense como “mister 10 per cent”, por el porcentaje que presumiblemente cobraba por sus gestiones ante empresarios, Raúl fue el actor central de otro drama de la familia salinas: la disputa de más de 100 millones de dólares que le fueron confiscados por el gobierno suizo, bajo la acusación de lavado de dinero.

Después de una década de litigios, esos recursos, supuestamente reunidos como parte de un fondo creado por empresarios cercanos a los Salinas –Carlos Peralta, Carlos Hank Rhon y Roberto González Barrera– están por ser regresados a México.

La prensa internacional que tanto cultivó en su gobierno, terminó por exhibir el escándalo por el enriquecimiento de su familia y atestiguar su pronunciada caída, cuando “el error de diciembre” de 1994 lo dejó fuera de la presidencia de la Organización Mundial de Comercio, que sintió le pertenecía por ser el campeón mundial del liberalismo.
(Jorge Carrasco Araizaga/Proceso)